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memorial

Felipe Ignacio Téran Soto

By enero 12, 2026febrero 5th, 2026No Comments

Felipe Ignacio

Téran Soto

22/07/2002    –    16/06/2023

“No se muere quien se va, solo se muere el que se olvida”

BIOGRAFÍA

“Si alguien conoce el número del más allá
Hágamelo saber para poder llamar a quien no está
Aunque sea un momentico, por un minutico
Para calmar este vacío infinito, triste y maldito”

MENSAJES

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En memoria de Felipe Terán

21 años — 16 de junio de 2023

Escribo esto porque durante mucho tiempo no pude decirlo en voz alta.
El día de su despedida quise hablar… y no pude.
Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, ahogadas por el dolor.

Felipe era mi hermano menor.
Mi único hermano.
El amor de mi alma.

Y con su partida, una parte de mí se fue con él.

Todavía hoy me cuesta asimilarlo.
Trato de buscar respuestas que sé que quizás nunca voy a tener.
Hay días en que lo lloro en silencio, porque el dolor es tan grande que no cabe en ningún lugar.

El 16 de junio de 2023 recibí una llamada que me cambió la vida para siempre.
La voz de mi mamá, temblorosa, casi sin aire, diciéndome que le habían disparado a mi hermano.

No pensé.
Tomé el auto y manejé como nunca.
Solo creía que iba a llegar, subirlo al auto y llevarlo a urgencias.
Eso era todo lo que mi mente podía aceptar.

El camino se me hizo eterno.
Todos los semáforos estaban en rojo.
Y mi mamá ni siquiera me había dicho dónde estaba.

Cuando la volví a llamar me dijo: “en La Cruz”.

Pasé por ella.
A unas cuadras estaba la patrulla, las luces, la cinta amarilla cerrando la calle.

Corrí.
Pero no me dejaron llegar.

No alcancé a verlo.
No pude ayudarlo.
No pude llevarlo a urgencias como había prometido en mi cabeza.

Solo veía el auto a lo lejos.
Y a mi mamá gritando de dolor a mi lado.

Pregunté quién estaba adentro.
El carabinero bajó la cabeza y dijo:
“Es su hermano”.

Y en ese momento el mundo se detuvo.

Aun así lo llamé.
Le escribí.
Esperé que contestara.
Tenía la esperanza de que estuviera por ahí, con miedo, necesitando mi ayuda.

Pero las horas pasaron…
y tuve que enfrentar lo que nunca quise saber.

Cuando lo vi, estaba inmóvil.
Indefenso.
En silencio.

Y ese silencio todavía me persigue.

Felipe no era solo una ausencia.
Era vida pura.

Vergonzoso a veces, pero alegre.
Inquieto, bullicioso, lleno de energía.
Le gustaba hacer ruidos con la boca, molestarnos jugando, golpearse la oreja rápido con los dedos solo para hacernos reír.

Esos detalles tan pequeños hoy son los recuerdos más grandes que guardo en el corazón.

Me duele no haberlo abrazado más.
No haberle dicho “te amo” mil veces más.
Me duele pensar si alguna vez necesitó ayuda y no supe verlo.

Y me da rabia.
Porque nadie tenía derecho a quitarle la vida.

No quiero venganza.
Solo quiero justicia.

A quienes lean esto, les pido algo simple:

Amen hoy.
Abracen hoy.
Digan lo que sienten hoy.
No se guarden palabras.

Porque mañana puede ser tarde.

Yo no pude darle ese último abrazo.
Y daría todo por tener cinco minutos más con él.

Hermano, sé que sabes cuánto te amo.
Sé que caminas conmigo, con mamá, con nuestra familia.
Donde estés, espero que estés en paz.

Gracias por haber sido mi hermano.
Gracias por cada risa, cada broma, cada pequeño gesto.

Te amo ayer, hoy y siempre.
Y mientras yo viva, tu nombre vivirá conmigo.

Kelly Storey


No sé cómo comenzar ni qué decir…
solo sé que hay dolores que no saben ordenarse en palabras, que simplemente existen y pesan.
Solo sé que siempre pensé que él sería mi compañero de vida, la persona con la que vería crecer a mis hijos, con quien compartiría todo lo que venía en nuestras vidas. Alguien por quien habría dado la vida y que sin dudarlo la habría dado por mí. El era mi hermano, mi tío, mi todo y quizás jamás le dije cuánto lo amaba realmente, ni lo importante que era para mi vida.
Me crié con él, viví toda mi vida a su lado, viví con él muchos años y compartí los días, las rutinas, la infancia completa y que cada uno de mis recuerdos son junto a él. Desde los primeros momentos, cuando tomábamos mamadera juntos, juntábamos nuestros pies sin saber por qué, hacíamos “ranita”, poto con poto, y nos bañaban juntos. Cuando conocimos al kevin y al yerko y los 4 éramos todo.

Fuimos creciendo juntos, jugábamos a la escondida, a la pelota, corríamos sin pensar en nada más. Recuerdo cuando se ponía a lesear con la caca y se la pasaba por la boca a los demás, riéndose de lo maldaoso que era, o cuando hacía rabiar al Brandon cuando era chiquitito solo por molestar. Son recuerdos simples, absurdos incluso, pero hoy son los que más duelen, porque están llenos de vida.

Estuvo en mi primer beso, en mi primera cagada, en mis errores y aprendizajes. Cuando nos juntábamos en mi casa y se ponían a fumar marihuana con los chiquillos, cuando empezamos a crecer y vernos como íbamos cambiando nuestros rumbos, cuando íbamos a la playa y sentíamos que la vida recién comenzaba y solo nos reíamos y todo eso lo viví con él. Todo eso lo llevo conmigo, porque cada recuerdo tiene su risa, su voz, su presencia marcada en el alma.

Siempre he sido una persona fuerte. De las que aprenden a resistir en silencio, a guardarse lo que duele, a seguir sin decir nada. Pero su partida me quebró de una forma distinta. Me cambió cada parte. Porque no solo se fue alguien que amaba, se fue una parte de mi vida, una parte de mí misma que jamás va a volver.

Desde el día que se fue, todos los días intento desviar el sentimiento que me ahoga. Me obligo a pensar que él está, que simplemente no nos hablamos, como pasó en esos últimos meses que él vivió. Me aferro a esa idea porque aceptar que no está duele demasiado. A veces mi mente todavía lo busca, como si pudiera aparecer en cualquier momento.

Ese viernes y los días que vinieron después fueron eternos. El tiempo no avanzaba, la casa se llenaba de gente que lo conocía, personas que llegaban una tras otra, y lo que más me sorprendía era ver cuánto lo querían todos. Cada historia, cada palabra, cada recuerdo confirmaba lo mismo; era alguien profundamente querido, respetado, bien recordado. Su ausencia no solo dolía en nosotros, dolía en todos.

La última vez que lo vi fui a comer a su casa. Yo me sentía muy mal y necesitaba desahogarme, y sin darme cuenta volvía a él como siempre, aunque no estuviéramos hablando en esos momentos. Ese día conversamos de la vida, de lo grandes que estábamos, de los caminos tan distintos que habíamos tomado. Jamás imaginé que ese momento se transformaría en el último recuerdo compartido.

Como familia, su partida nos cambió por completo. Antes éramos risas, encuentros, la certeza de que en cada fecha importante él estaría ahí. Hoy solo queda un vacío, una pena inexplicable que aparece cada vez que nos reunimos, cuando su ausencia pesa más que cualquier palabra.

Aún recuerdo el día en que lo enterraron, ese día sentí que no podía más, sentí que quería que la vida me llevara con él, porque el dolor era demasiado grande y la ausencia imposible de soportar. Mientras pasaban las horas, solo pensaba en todo lo que no fue, en todo lo que faltó, en ese abrazo que nunca le di y que hoy me duele todos los días.

Desde que se fue, nada volvió a ser lo mismo. La vida siguió avanzando, pero yo me quedé atrapada en el instante exacto en que él dejó de existir y claro, aprendí a levantarme, a funcionar, a sonreír, pero jamás aprendí a vivir sin él, porque cuando alguien está en toda tu historia, en cada recuerdo, en cada versión de ti, su ausencia no se supera y se convierte en una herida permanente.

La vida se llevó a alguien bueno, puro, de esos que dejan amor incluso después de irse y que se lo llevó sin pedir permiso, sin dar explicaciones, sin pensar en todo lo que dejaba roto detrás.
Con su partida algo en nosotros se apagó para siempre, algo que no va a volver y que no se reemplaza.

Scarleth Velarde


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