TOMÁS ALEJANDRO ORELLANA SOLÍS
30/01/1993 – 08/12/2017
Dicen que si te conviertes en mejor persona tendrás una mejor vida…
Si algo se sabe de Tomás Alejandro Orellana Solís, “Tomy” o “Negro”, como le decían sus amigos, es que fue un sobreviviente desde el primer minuto. Nació el 30 de enero de 1993 en Concepción, un pequeño rincón de Chile, y llegó al mundo con un obstáculo grande: la hidrocefalia. Con un milagro de por medio y todo el cariño de sus papás, Manuel Alejandro y Carmen Paz, el pequeño Tomás desafió al destino y decidió que se quedaría en este mundo a hacer de las suyas, repartir risas y llenarnos nuestros corazones de amor.
Tomy se convirtió en un hombre que vivió en todo el mapa de Chile: Chillán, Santiago, Rancagua, Arauco… ¡Pura vida nómada! Pero uno de sus lugares favoritos siempre fue la playa de El Tabo, donde cada verano lo esperaban sus abuelos, y donde él se convertía en el rey del fútbol en la arena junto a sus primos Maxi y Matías. Durante esos días en El Tabo, las carcajadas eran de rigor, y los partidos de fútbol playero parecían finales de campeonato.
En casa, tenía una hermana menor, Javiera, quien tuvo la suerte (y a veces la paciencia) de compartir su vida con Tomy. Él la quería a su manera, y una parte de ese cariño se traducía en molestarla y sacarle algunas sonrisas (aunque ella no siempre estuviera de acuerdo en la broma). Pero para ambos, esos momentos formaron un vínculo irrompible, en donde se quisieron siempre como buenos hermanos.
Tomás en su última época escolar estuvo en el colegio Saint John de Rancagua, donde el verdadero legado no fueron solamente sus notas sino que también sus amistades, que aún lo recuerdan como el amigo que siempre los hizo reír. A los 18 años, tomó la decisión de estudiar Ingeniería Civil en Obras Civiles en la misma Universidad que sus Primos. Tomás era un crack y siempre tuvo “Palos pal Puente”, literalmente era un “Cabezón”. Allí también hizo amigos y muchos goles jugando futbolito. Nunca faltaba a una pichanga, y no había partido que no jugara como si fuera la Copa Mundial.
En los últimos años, Tomy le sumó otros pasatiempos a su vida: Correr y escalada en Boulder. Se dedicaba a retarse a sí mismo con cada pared y cada kilómetro. Fue en esta época que conoció a Amanda, el amor de su vida. Se conocieron en el grupo EJE, donde ambos compartían una búsqueda de propósito y conocimiento propio, y juntos empezaron a formar una gran confianza dentro de su comunidad. Amanda y él eran una pareja digna de una película de comedia romántica, con una buena dosis de piscolas, cervezas y muchas risas.
A Tomás le encantaba pasar tiempo con los suyos, ya fuera en un carrete con sus amigos o en un viaje a Rancagua para visitar a sus papás y sus perros Piscolita, Benito y Costillita (porque si algo entendía Tomás, era que hasta los perros merecen un buen apodo). Sus padres, tías, abuelos, primos y su hermana siempre lo esperaban con los brazos abiertos, sabiendo que el relajo y la risa iban a llegar junto con él.
Entre sus amistades, había una dinámica inigualable. De alguna forma, sus amigos del colegio terminaron mezclándose con los amigos de su hermana Javiera, formando una pandilla que parecía haber sido diseñada para la diversión. ¡Y cómo no! La chispeza y la energía de Tomy siempre se aseguraban de que esa unión fuera más fuerte que nunca. ¡Tomy era definitivamente el alma de la fiesta!.
La última gran noche de Tomás fue en el Cajón del Maipo. Esa salida prometía aventura, diversión y anécdotas de las buenas. La tragedia llegó de regreso, y el mundo perdió a un ser humano único. Sin embargo, Tommy, en su estilo inconfundible, sigue haciendo de las suyas desde donde esté: Mandando señales en los momentos más inesperados y recordándonos que la risa, el amor, y un poco de picardía son el mejor legado. Hasta se las arregló para conseguir su título universitario póstumo, demostrando una vez más que lo suyo siempre fue romper expectativas.
Hoy, Tomás sigue tan presente como antes, en los recuerdos y en las risas compartidas por su familia y amigos. Porque si algo dejó claro es que las buenas historias, las carcajadas y la lealtad de quienes te quieren son el verdadero “título” en la vida.










































































